viernes, 8 de octubre de 2010

Cuento número trece

La primer semana que llegué a esta beca, me sentaba todos los días en la entrada porque odio llegar tarde a las cosas serias. Esperaba entre diez y quince minutos mientras miraba como amanecía. Entonces salía este chico callado y cool del bar, con todo el porte que yo habría relacionado con la gente más popular. Me gustaba imaginarlo en sus glorias pasadas de la preparatoria.
Un día llegué tan temprano que lo vi salir a tomar su café, me invitó a acompañarle. Me da terror conocer gente nueva pero también me gusta entablar conversaciones con desconocidos, así que fui.
Yo le conté de mi proyecto de final de carrera pero no podía distinguir si estaba aburrido u horrorizado, de cualquier modo en ese entonces no podía hablar de otra cosa que no fuera la violencia en México, así que supongo que fue una mala conversación de café.
Todos los días esperaba que abrieran la puerta estas personas que al final eran tres. En ese breve momento nos gustaba quejarnos amargamente de los lunes o festejar cuando llegaba el viernes, ponerle apodos a la gente desagradable o diseñar playas imaginarias donde solo estaba invitada la gente cool. Es increible las cosas que puedes hablar con tan solo 10 minutos. Si dicen que las narraciones de internet estan fragmentadas, ésto era lo más parecido en una conversación real.
Llegó el día de mi presentación final y yo necesitaba un telar para coser libros y un pedestal hecho de madera.
En una de nuestras breves conversaciones me quejé de la cantidad de trabajo que me quedaba por delante para encontrarme con sorpresa al día siguiente con que uno de ellos, el que tenía el humor más ligero que he conocido, había sacado quién sabe de donde este arcáico armatoste que había averiguado que se trataba de un telar. Mientras que el chico del café había traido un pedestal de madera confeccionado por él mismo y bellamente armado con tornillitos color dorado. Nunca he sabido cómo agradecer este tipo de gestos pero ha sido de las veces que me he sentido más afortunada. Ya el día de mi exámen miraba la instalación de mis libros, con dos pedestales creados por personas amadas, los libros construidos por muchas manos y de cierta forma pensé que era un proyecto que no podía salir nada mal porque ya no era un proyecto individual y aunque no lo dijeran los créditos porque no sería bien visto por la institución, en realidad se trataba de un proyecto colectivo.

jueves, 7 de octubre de 2010

Cuento número doce

Pasé tres años esperando una plaza en la Facultad de Bellas Artes.
Entre esos años recuerdo sobre todo tres incidentes en especial. El
primero, el día que se me cruzó la escuela de diseño de Eindhoven, mi
segundo año en Barcelona, que tenía talleres enormes, una infinidad de
recursos y aparentemente la vanguardia en su aproach al diseño. Sentía
que tenía que estar ahi. El día que anuncié que deseaba irme y que
estaba trabajando en un portafolios para ser admitida. Aquel hombre al
que le gustaba y me gustaba pero que nunca hablaba conmigo me pidió
que no me fuera. No por él, eso jamás lo habría admitido, sino porque
la Facultad de Barcelona tenía un método de trabajo diferente. Le
hablé de mis miedos al conocer la escuela y algunos comentarios que
circulaban por ahi. Entonces le puso play a un DVD que tenía por ahi.
En el video había un corsette femenino de metal, descanzando firme
sobre una crinolina soldada con alambre de puas. Sobre esta pieza se
proyectaba el juego de luces que reconocí de su ventana y una ópera
dramáticamente bella.
La pieza era suya y había sacado la matrícula de honor de su clase con
ella. "Donde sea que estes, siempre puedes aprender algo bueno, pero
solo si lo deseas."
Decidí esperar un año más.
Después cuando apareció el hombre de las constelaciones de madera
sobre los ojos, mi rescatista voluntario y amoroso, me pregunté si no
estaría aferrándome demasiado a la idea de qué estudiar y dónde.
Le planteé la hipótesis de mi regresando, era casi un hecho.
El hombre sintió pánico y me dijo que si viviera ahi las cosas serían
muy diferentes. Me sentí desilusionada. Pensé que no perdía nada
esperando otro año.
Al año siguiente apareció esta criatura, brillante y silenciosa como
joya perdida, solitario y frágil. Me enamoré terriblemente de él, como
nunca me había enamorado y como no he vuelto a enamorarme, parecía el
hombre que había sido hecho especialmente para mi. Decidí regresar a
casa, no había dudas esa vez.
A la mañana siguiente aparece un mensaje en mi teléfono, "felicidades,
usted ha sido admitido en la Facultad de Bellas artes". Pensé que
posiblemente en algún lugar del universo algún díos me habría creado
con la única finalidad de servirle de divertimento, ironías de la
vida.

miércoles, 6 de octubre de 2010

cuento número once

Era el día de mi cumpleaños. Mi mamá me había preguntado una semana antes qué era lo que yo quería que ella cocinara. En ese entonces estaba a dieta y era mi fantasía la idea de que el día del cumpleaños de una persona, esa persona tenía que ser la protagonista y por decirlo de alguna forma el tema de la fiesta. Consideré justo y coherente que si yo estaba a dieta, pudiera haber un menú dietético para todos los invitados.
"No habrá postre" le dije, pero había planeado un amplio buffete de ensaladas y aves no grasosas, iba a ser una comida increiblemente deliciosa y ligera como el mismísimo aire.
Para mi mamá había sido un reto terriblemente retorcido porque se encontraba en la mitad de una competencia por ser la mejor cocinera contra sus hermanas, era de esas competencias tácitas de las que nadie habla y nadie dice nada pero que llevan tantos años y tantos sentimientos heridos que cualquier error podría costarle la cabeza. La comida fácilmente rica esta hecha con grasa, condimentos y azúcar. Mi mamá fue presa fácil de su propio ego y no pudo resistirse a probar una receta nueva.
Cuando finalmente llegué a la fiesta miré que en la mesa central descanzaba un postre de chocolate negro, una especie de bizcochito suavemente enrollado sobre si mismo y relleno con finas capas de crema y mermelada de fresa. Horrorizada mudaba mi vista del terriblemente apetitoso pastel a mi mamá y de mi mamá al pastel.
"¿cómo pudiste hacerme esto?" le repetía mentalmente una y otra vez. Tan grave fue la afrenta que tuve que salir casi corriendo al centrito comercial del pueblo. Al encontrarme a una amiga la abracé con tristeza y amargura contándole la historia del pastel.
Ese cumpleaños estuve triste porque en una batalla de su ego y su ansia por la victoria contra su amor por mi, había ganado la parte más fea.
En la noche al salir a despedir al ultimo invitado, me encontré con una delicada flor tallada en madera colocada justo sobre el tapete de la entrada. La cartita decía "Una flor que dura más de un día, feliz cumpleaños". Sabía de parte de quién era, pero extrañamente nunca se atrevió a confesármelo. Finalmente la flor duró mas de un día y todavía permanece erguida sobre mi cuarto, la única flor que hubiera podido hacerme olvidar un apetitoso pastel de chocolate que nunca pude comerme.

martes, 5 de octubre de 2010

cuento número diez

Tú y yo tenemos una forma similar de amar. Intensamente, con dureza también, pocos afectos a los cuales inyectarles muchísima fuerza. Pedimos mucho, pero también damos de más. Talvez por eso nos queremos tanto, en nuestra propia definición del amor nos encontramos correspondidas en justa medida, a veces sobrepasadas por la recompeza. Nos gusta el placer y el recibir, pero creemos en la responsabilidad y la lealtad, hemos aprendido a ser empáticas y respetuosas, lo cual nos ha costado mucho.
Llegaste un día a comunicarme lo que él había decidido, fuiste dócil y dulce porque sabías que sería una noticia difícil. Estabas muy indignada lo cual me hizo sentir cierta dignidad en mi dolor. Me enseñaste una carta que él le había escrito a ella con exactamente las mismas dulces palabras que me había dicho a mi, mentira tras mentira. No me sentí enojada ni rabiosa ni indignada. Sentí una cierta melancolía resignada. Deseaba cansar mi cuerpo para no pensar tanto y para dejarlo pasar. Compré unos cuantos botes de pintura color azúl cobalto y verde manzana para pintar mi cuarto, pintaría las paredes desde que abriera los ojos hasta la madrugada. Y pintaba todo el día, movía los muebles, protegía los muebles y dormía en todas partes. Al final del día tenía los brazos terriblemente cansados, el cuerpo de repente se me rendía en un sueño profundo y reparador. Tú me conocías perfectamente, las cosas que me gustaban, las que no y esas que nadie conocía pero podían traerme consuelo. Llegaste y tocaste a mi puerta. Me dijiste, te traigo un regalito y asomándome al exterior descubrí que habías traido al hombre aquel que conoci en Cuautla y que me parecía extraordinariamente guapo porque según yo se parecía a Gavin Rosdale el vocalista de Bush. El hombre estaba ahi, sonriente e increible esperando poder platicar conmigo. Tú la dama celestina brindadora de buenas y malas noticias, ave elegante nocturna y de perfecta voz te habías tomado tantas infinitas molestias para encontrar en el mundo a lo que yo consideraba la perfección masculina por el simple hecho que aquel día me sentía melancólicamente triste.
En la escuela y en mi casa siempre me he sentido demasiado adulta, porque mi hermano tenía asma tenía que ser responsable e independiente, porque mis papás tenían los problemas que tenían, yo tenía que ser silenciosa y ocuparme de mis propios problemas. Nunca me gustó pedirle ayuda a nadie ni necesitar de nadie, rara vez me sentí cómoda recibiendo la atención de nadie. Sin embargo, por la forma en la que tú me amabas siempre me hiciste sentir como la protagonista de un cuento increible.

domingo, 3 de octubre de 2010

cuento número nueve

La última vez que habíamos cortado, creo que había sido cuando había empezado a gustarle la niñita esa y yo me sentía tan celosa, no quería permitir ni que me pusiera el cuerno o que bajo esa fachada de civilidad fuera saliendo con ella a tantear las aguas. Nos peléabamos mucho y alguna vez cuando fuimos impulsivos marcamos una raya.
Me hacían llorar canciones como "Leaving on a jet plane" o "I don't wanna miss a thing", todo el dísco "Bajo el azul de tu misterio" me colocaba en un estado de melancolía y tristeza que extrañamente se me sigue manifestando hasta ahora. Miraba mi cuerpo, le preguntaba porqué se sentía así y qué procedía ahora. El cuerpo se sentía como se sentía. Lo extrañaba con todas mis uñas y a veces hasta con el cabello. Y la verdad absoluta es que mi cuerpo estaba lleno de amor y por ello era tan difícil.
El día de mi graduación de secundaria, había tres chambelanes, Kike, un pretendiente rechazado, Memo Hermosillo y él. Miré desde la entrada las tres posibles opciones y me temblaban las manos de pánico de pensar que tendría que entrar de su brazo. Entonces llegó Memo, sonriente, guapo y elegante salvando la terrible circunstancia, ignoro porqué era tan necesario entrar del brazo de un hombre, pero esa noche amé a Memo Hermosillo.

sábado, 2 de octubre de 2010

Cuento número ocho

A Roberto le gustaba Giselle desde que tenía diez años, sin exagerar. Giselle era la niña popular y desinhibida que era amiga de todos y de nadie. Quien sabe quién le gustaba a Giselle.
Roberto era el niño que tenía la boca rellena de brackets y lentecitos de esos que estaba claro había escogido su mamá. Estoy segura que Giselle nunca notó a Roberto. Ya más grandecitos Roberto se volvió alto y fibroso y resultó una belleza exhuberante al más puro estilo cubano. A mi me gustaba Roberto, y un día que estaba borracho intenté besarle su enorme boca. El tipo se quedó estático y frio, fue como si hubiera besado una mesa. Comprendí que Roberto tenía conflictos para besar gente.
Le pregunté uno de esos días que si la escuela y él mismo sabían que yo le gustaba ¿porqué no éramos novios? y me dice que soy demasiado rara para él. La verdad es que tiene razón, pero me quedo con el corazón bombeando fragmentos de hielo, herida, sola y terriblemente indignada cuando aparece depronto de la manita con la hija de una de las profesoras. La niña más ordinaria que hubiera existido. Sentí mi ego herido también.
La verdad es que no duraron mucho, una semana máximo. Pero pensé que Roberto no sabía escoger a sus chicas y tenía que hacer algo al respecto. Me pareció curioso que Giselle era ahora más accesible y le estuve hablando de lo increible que era Roberto y de lo bien que podrían verse juntos. Se le calentó la cabeza y esa misma noche se lo llevó al estacionamiento pero cometió el error de querer darle un beso. No estaba borracho pero respondió con la misma bocota rígida que yo conocía. Giselle me contó la historia terriblemente desencantada. Es tan difícil crear amor en este mundo, sin embargo descubrí que Roberto era de efecto retardado porque tres años después recordaba con curiosidad aquel beso robado y se le acercaba a Giselle como queriendo saber qué había significado.
Nos encontramos algunos años después en la boda de Abraham. Giselle me dijo, "tú tienes la culpa. Me comiste el coco para que lo besara" me sentí contenta, porque se veían felices. Ha sido esa vez única que he podido crear amor.

viernes, 1 de octubre de 2010

Cuento número siete

A Rodrigo le gustaba molestarme porque los transparentes vellitos de las piernas se me habían vuelto negros y gruesos. Incluso llegó a inventarme miles de horribles apodos, entre ellos "gime la vaca, mu" y el más doloroso "nopal". No conforme, incluso llego a componer temas musicales terriblemente incisivos y hartantes que cantaba con una constancia incansable durante clase, el recreo y en deportes. Al poco tiempo los niños de clase contagiados lo cantaban también. Era una persona muy infeliz en aquella época, incluso llegué a reprobar matemáticas y mi promedio descendió aparatosamente hasta alcanzar el seis, cosa que era a su vez escandalosa dentro de mi casa.
Un día, de la nada, soñé que el moreno de tercero de prepa me amaba. Me desperté muy extrañada del inusual sueño, sobre todo porque jamás había notado a semejante existencia. Comencé a observarlo, era comercialmente guapo y me enteré que la mitad de la escuela babeaba por él, le gustaba el futbol y descubrí que me desagradaba mucho su forma de caminar, me pareció que era demasiado consciente de su propia belleza. Se llamaba Omar y quería ser abogado. Tenía uno de los mejores promedios de su clase. Encontrar tantos contrastes en una sola persona me pareció bonito, Omar al final me gustaba mucho. Un día intenté tomarle una foto, pero terminé pasando un terrible ridículo frente a toda la escuela, sin embargo a partir de entonces debía pensar que talvez era la más tierna de sus fancitas porque cada vez que lo encontraba invariablemente me deslumbraba con su sonrisa de dentista frecuente. Me temblaban las piernitas y Rodrigo y sus terribles acosos eran ahora un hecho transparente.
Pensé que no era suficientemente digna para ser su fan y estudié con terquedad hasta alcanzar el 9.5.
La última vez que lo ví cuando yo tenía 13 y él 18, traía el virrete y la toga puestos. Yo lo miraba desde las gradas triste triste porque mi amor platónico desaparecía para realizar su sueño. Mi mamá, que le encantaban las historias de amor, había asistido también a la graduación de este desconocido y le miraba sonriente desde el asiento de al lado.
"Oye creo que te esta mirando". Pero por supuesto que no me miraba. "En serio que te esta viendo". Y tiene la osadía de levantar la mano y saludarlo desde la lejanía. Pero lo más sorprendente había sido el dichoso Omar con una risita abierta devolviendo el saludo. Talvez al final si que me estaba viendo.