sábado, 6 de noviembre de 2010

cuento número cuarentaidos

Los catorce de febrero nunca fueron un drama. A veces eran una sorpresa, como el día medio año después de batear a Beto telefónicamente que había comprendido el secreto de cómo hacer que alguien te quiera. Todos esos meses habíamos hablado interminablemente y al tener las intensiones sobre la mesa simplemente había que cazar a la presa y esperar sus reacciones no con otra cosa más que con un vaso lleno de espera. Finalmente a mi Beto me gustaba mucho y el catorce de febrero que me regaló una rosa y volvió a pedirme que fuera su novia, él ya sabía lo que le iba a decir y contrario a aquella embarazosa situación del teléfono, este era solo un trámite, uno muy dulce.
El año siguiente yo ya no andaba con Beto, era aquel año horrible en el que gracias a que no solo ya no era su novia sino que me había convertido en su exnovia todos los niños de la clase me odiaban y gustaban de hacerme el día, el año y en si la existencia pesados como una roca.
Aquel catorce de febrero todas mis amigas se habían ido a la tardeada de turno y yo me había quedado sola en casa enferma de algo, un poco triste. Hasta escuchar la campana de la puerta y ver a Jorge Snyder, a su vez otra víctima de la sociedad pero a quien yo llamaba mi protegido y le quería aunque nadie más le quisiese, cargado con su Super Nintendo y el juego de pelea de Dragon Ball Z, donde incluso podías escoger a Freezer como personaje. "Porqué no fuiste a la fiesta?" le pregunté, contestándome que el cartoce de febrero estaba hecho para pasarlo con los amigos y que su amiga estaba enferma. Pasamos toda la tarde batallando hasta agotar el nintendo, fue uno de los catorce de febreros más bonitos.
Hubo otro año en el que creo que le gustaba a Julio, pensaba eso porque alguien alguna vez me lo dijo, pero la verdad es que nunca estuve segura. Así mismo era el año en que el hombre de la regla me perseguía y yo intentaba escapar a sus constantes intentos. Era uno de los años en que quise a Mike, lo quise por tanto tiempo que incluso se me ha olvidado cuántos años fueron.
Así, imaginarán el terror que se sembró aquel catorce que el chico de la regla me regaló una rosa para diez minutos después recibir un globo gigante de parte de Julio que decía "te amo", muerta de la risa lo miraba porque sabía que era incapaz de escoger un globo tan insensatamente sincero y estaba segura que había sido un error de los repartidores, al percatarme de cómo estrellaba constantemente su cabeza contra la superficie de la mesa estaba segura que así había sido, sin embargo el chico de la rosa evidentemente no conocía a Julio y no sabía que había sido un error pues estaba furioso balbuceando cosas ese día en clase de artísticas. Esta misma tarde le había confesado a Inés que estaba furioso porque se había esforzado mucho en inventar cosas de Mike para reducir mi tolerancia y propiciar cada vez más problemas, dijo cosas como "Mis esfuerzos para hacer que terminara con él estan siendo aprovechados por Julio" y me sentí como una idiota utilizada y no volví a hablarle hasta 4 años después cuando tuvimos que hacer un trabajo juntos. Desde entonces aprendí que por más descabellada que una decisión pueda parecerle a los demás, si es tuya, tienes que defenderla hasta que tu cuerpo no pueda más.
Aún así, guardo los catorce de febrero como una fecha de especial clarividencia y revelación.

viernes, 5 de noviembre de 2010

cuento número cuarentaiuno

Las cosas comenzaron a ponerse feas el día en el que tuvimos que sacar las cosas a la mitad de la noche. Habíamos comenzado a tener problemas en ese mismo instante porque tengo esta necesidad de evadir los problemas. "Me voy a México" le dije. Y se puso triste porque él acababa de llegar.
Ese mes comimos solo galletas y se nos inflaron los cachetes por las pizzas, los panes y la ausencia de verduras en nuestra dieta. Era extraño tener todas nuestras cosas empacadas en la sala de Regina y dormir con los libros atrancando la puerta para que el gato no entrase por la noche a olernos la cara.
Estábamos tan tensos por no tener dinero ni casa y por haber conocido a aquel personaje que estaba tan terriblemente loco que nos conocimos en nuestros peores momentos. Pensé que si aguantábamos eso, podríamos aguantar cualquier cosa.
Era extraña la sensación que tenía mientras íbamos recorriendo otros barrios y a veces otras ciudades, como si nos conociéramos de toda la vida, talvez de otras vidas porque aprendimos a vivir la adversidad con un poco de humor. "Abre las manos porque viene nuestro tiempo de abundancia" nos gustaba decir y sonreíamos de que en un tiempo que podía ser tan difícil pudieramos encontrar dentro de nuestro cuerpo la capacidad de encontrar humor. En nuestros tiempos adversos aprendimos a ser amigos, aprendimos a amarnos más profundamente y a confiar con los ojos cerrados. Dos mil ocho fue para nosotros uno de los años más duros de nuestra vida, nos mudamos varias veces, tuvimos que pagar tantísimos depósitos, comer tanta comida chatarra y a veces también pasar hambre, repartimos currículums juntos y a veces también lloramos juntos.
Ahora que tengo que repartir los currículums yo sola a veces nos seguimos riendo y haciendo bromas sobre la abundancia y que en realidad el problema es que mis manos no han sido suficientemente grandes, que hay que comprar guantes o algo asi para que pueda agarrar todo lo bueno que esta cayendo. Recuerdo esos tiempos duros y pienso que talvez si no hubieran estado ahi, no pondría el hombro como lo pone ni me ayudaría a levantarme como me ayuda cuando me siento derrotada.
Alguna vez en mi desesperación aquel tiempo leí un horóscopo, me parecía irreal que no existiese alguna alineación astral jodiéndome la vida. De una forma chistosa, el horóscopo coincidía conmigo, porque decía que Saturno estaba sobre mi signo, Saturno es el maestro y va a obligarte a cambiar y a tomar todas las decisiones que normalmente tú no tomarías. Saturno te va a enseñar con dolor, pero una vez que superes el transe, serás más fuerte, habrá cosas más sólidas en tu vida. Saturno salió justo el año pasado de mi signo, me miro por dentro y me pregunto dónde se alberga el aprendizaje si es que ocupa tanto espacio como dicen.

jueves, 4 de noviembre de 2010

cuento número cuarenta

No sé exactamente porqué habíamos quedado de salir en el centro, donde por dominio público se sabe que los restaurantes turísticos realmente no cocinan bien. Era extraño encontrarnos en un día cualquiera donde ya ninguno estaba bajo los efectos del alcohol ni de la iluminación baja.
Al vernos todo iba bien, al menos para mi, yo era una estudiante cualquiera de historia del arte que amaba las botas baratas y todo accesorio que fuese de color rosa brillante. El era un informático tímido y gracioso, habíamos entablado conversación el día anterior cuando sentados uno junto al otro yo tenía las manos mojadas y discretamente me sequé los dedos sobre la pierna de sus pantalones. "Are you drying your hands on my trousers?" y yo solo pude reirme sin rastro de verguenza, era cómodo estar con él. Así que bajo esa introducción pensé que salir sería realmente fácil, siempre me han gustado los chicos tímidos, así que ya en el restaurante mientras pedía cuatro platos diferentes yo me deleitaba con lo único que había pedido "crema catalana". Y mientras disfrutaba detenidamente mi único plato, el hombre se levantó y se disculpó para ir al baño. Después de un rato me acabé la crema, y esperé y él no volvía. Después de media hora regresa un poco pálido y extraño, y me dice que ya se le quitó el antojo de todas las cosas que había pedido, así que por mi no hay problema y como un pecado terrible a todos los niños con hambre en el mundo, deja la mesa puesta y completa y solo con el platito de crema catalana vacío.
Fuimos por el barrio gótico y el momento en el que se cruzó la entera gama de accesorios para mi taladro Dremel me volví loca en el aparador. Se le ocurrió sacar el comentario de que las herramientas no eran cosas para mujeres y fue en ese momento en el que tuve la revelación de que todo iría mal.
Tiempo después por un amigo suyo, me enteré que el día del restaurante había pasado la cita entera encerrado en el baño vomitando del terror de tener a una chica con cara de niñita comiendo crema catalana en frente de él, y que no había cosa mía que no le produjera pánico, sin embargo frente a mi estaba este personaje "cool" y aparentemente sencillo que me decía que no deseaba involucrarse demasiado conmigo ya que él no era un chico tan intenso. La cuestión comenzó a volverme muy paranóica, era como si estuviera saliendo con el Dr Jekill y Mr Hide y me hubiera encantado poder contarle que lo sabía todo de él por la propia boca de su mejor amigo y que sabía que la verdad de su frialdad era que realmente era una persona muy frágil.
Mientras pasaba el tiempo él se iba volviendo más y más distante, había ciertas reglas que debía seguir, como jamás visitar su casa o conocer a sus amigos, tampoco le gustaba que le regalara flores porque eso era gay además de que "su chica" tenía que traerle la cerveza mientras él esperaba sentado y me pareció que me había metido en un universo diseñado para cualquier otro tipo de mujer menos yo, quería ser pasiente.
Lo corté dos semanas después del día que descubrí que uno de sus ojos era color azul y el otro verde y del día que finalmente pudo comer frente a mi, nunca me dijo que hacía planes en secreto para el día que fuéramos a Inglaterra juntos o que hablaba tanto de mi con su familia y amigos, el día que lo corté simplemente pudo defenderse diciendo que él no estaba listo para la relación seria que yo necesitaba, que para él estaba bien vernos una vez cada dos semanas y no mezclar nuestras vidas demasiado. Según él no había sido nada, yo sabía que se sentía triste porque una vez más sus constantes esfuerzos por mantener a la gente alejada habían rendido frutos alejando a la gente. Yo me sentía triste porque por más que había intentado simplemente no había querido dejarme enamorarme de él.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

cuento número treintainueve

A veces dices que me debes mucho, a veces yo quisiera recordarte cuánto te debo. Especialmente en ese pequeño viaje al infierno el año en que mi hermano salía de la escuela. Aparentemente le había caído la adolescencia de sopetón y entre eso y las cartas secretas que le encontraron a la hermana de Regina, a mi se me había trazado una ancha banda de barros que recorría toda la linea de la columna vertebral. Mi cuerpo siempre había sido un radar de problemas y era esa época de inestabilidad en la que al mismo tiempo por cada problema subía un kilo a la semana.
Aparentemente mi hermano y su grupo de amigos redactaron el más simpático de los anuarios que efectivamente era muy gracioso pero que talvez por el salto generacional pero no tuvo el mismo efecto en la mesa directiva de la escuela quienes tomaron las ridículas frases del anuario al pie de la letra. Así, el pánico invadió la cabeza de mi mamá cuando miró que mi hermano había escrito que quería organizar una guerrilla por internet y las muchachas de su clase hablaban de sobadas y repentinas revelaciones lésbicas en un pueblo donde la homosexualidad, las sobadas y las guerrillas no estaban permitidas.
Desagraciadamente para la mesa directiva y afortunadamente para mi hermano, dejaron sus asuntos muy bien amarrados, ya que a pesar de las frases lascivas y escandalosas que se podían leer en el anuario, ese era el último año de todos ellos y se despidieron de la escuela, de sus maestros y toda una vida de recuerdos con esa última broma. Sin embargo no todo quedó ahi, porque habían desatado mucha ira entre los mayores, además de levantar rumores escandalosos que tendrían que ser acallados para el efectivo sometimiento de los demás alumnos. Así en esa tarde vergonzosa, las madres de los alumnos que todavía habían dejado hermanos en aquella moralista escuela, fueron citadas en el centro comercial en una oleada de represión y castigo y la caza de brujas al más fiel estilo americano. Veía mi cabeza rodar, porque contrario a recibir consuelo de mis padres o de quien fuera había latentes amenazas como que la única opción para mi era asistir a la escuela rival de donde se pensaba que no había nivel ni cultura, además de que estaba lleno de monjas y ya teníamos suficiente con nuestra escuela nazi.
No paré de llorar todo ese tiempo y me veía condenada en una escuela nueva y terrible, pagando por un crimen que ni siquiera era mío. Recuerdo especialmente ese momento porque fue cuando fuiste tú y me dijiste sin la solemnidad que demandaba un cambio así y como si me estuvieras platicando cualquier anécdota intrascendente del día, que si a mi me mandaban a aquella terrible escuela, tú te irías conmigo. Me quedé totalmente fría ante la inesperada oferta, porque para mi ese lugar era el infierno y jamás me hubiera imaginado que alguien pudiera ofrecerme tal cosa porque a nadie le gusta ir al infierno, ni siquiera de turista. Así mismo comenzaste a venderme la idea de que no podía ser tan malo como yo me imaginaba si estábamos juntas, y explicabas historias como que en esa escuela había chicos más guapos que en la nuestra y que sería un cambio interesante, ninguna estará sola me habías dicho tú. Y sentí como si mi cabeza hubiese dado un giro de ciento ochenta grados porque aquello que tanto me había torturado antes, ahora se me presentaba como una oportunidad y talvez una nueva ocasión divertida que no hubiéramos vivido antes. Puedes cruzar el infierno, pero si vas de la mano con la persona correcta igualmente puede parecerte una excursión al caribe.

martes, 2 de noviembre de 2010

cuento número treintaiocho

Me habían avisado que ese año se iría de la escuela, yo me preguntaba que si llevaba toda la vida en la misma escuela que yo, porqué había elegido el año que le quería y me quería para irse. Solíamos compartir la clase de natación, o más bien solíamos compartir el no ir a la clase de natación, donde yo era alérgica al cloro y él traía la mano rajada, no solíamos hablar mucho, pero reíamos más, manejábamos un sarcasmo parecido, disfrutando burlarnos de los otros niños. Le quería como se quiere las primeras veces, con ansia y confusión.
El día que se iba, habíamos decidido hacer una despedida en casa de Julio, era el último día de clases y nosotros sentíamos como si fuera nuestro último día de primaria, el último día del mundo.
Todo el día estuve sintiendo esa ansiedad apremiante por decirle que le quería, decirle que no se fuera porque también le consideraba mi amigo. El me miraba como me miraba en clase de historia, como un buen lugar donde colocar los ojos mientras pasa la vida. Me preguntaba si tendría alguna oportunidad de decirle, me preguntaba si de hecho serviría de algo porque irse es una de esas decisiones estúpidas de los papás. El sol se apagó y yo no le dije nada, él corría risueño y parecía verdaderamente disfrutar el día mientras que para mi era esa agonía interminable de verle partir. Se fué y no nos dijimos nada. Once años después volvimos a vernos, él estaba sorprendidísimo porque me recordaba como una de las niñas mas altas de la clase para descubrirme entonces con un breve 1.50, a mi me sorprendió ver como su fina silueta se había multiplicado muchísimas veces hasta toparse con ese hombre rollizo. Había sido como si no hubiera pasado el tiempo en el sentido que seguíamos siendo como dos buenos amigos, al mismo tiempo era como si hubieran pasado cien años desde aquella adoración absoluta de la que ahora se distinguían solo nuestros ojos adultos y la tristeza de haber perdido a un padre y de haber tenido el corazón roto cien veces seguidas.
Le pregunté por aquel día que yo recordaba como de color amarillo, le cuestioné por aquel año solo presa de la curiosidad, porque siempre había querido saber. Al principio del día me contó que era novio de su compañerita del transporte y yo sentí cierta desilusión de pensar que los sentimientos de la gente a veces no se conectan, en la noche a su vez me confiesa que también me quería y es una lástima que ninguno hubiese dicho nada, en ese entonces era tarde, ni nos gustábamos, ni nos adorábamos, ni sentíamos admiración o la misma intimidad de los juegos. "Hubieras dicho algo" repetía, "hubieras dicho algo".

lunes, 1 de noviembre de 2010

cuento número treintaisiete

Estaba muy enojada porque a pesar de haber admitido mi pecado sin culpas ante ella, ella parecía insistir en aquello de marcar territorio. Así que asistía sin falta al lugar donde yo trabajaba para plantarle unos cuantos besos y practicamente fajonearse en mi cara. Una tarde mientras preparaba capuccinos, me pregunté si no lo estaría haciendo a propósito, como una de esas lecciones del libro de códigos femeninos que he olvidado estudiar.
Esa noche le conté a mi mamá lo que ella andaba haciendo y que en realidad era como si me estuviese desafiando a que le mostrara realmente que si quería tenerlo podía ser realmente mío.
"No juegues con fuego" me dijo mi mamá. Y por alguna extraña razón su advertencia se me ha clavado en la memoria desde siempre como una lección de nobleza, porque finalmente yo la consideraba a ella mi amiga y lo que estaba a punto de hacer iba a hacerle mucho daño.
Los vi en el centro comercial, estaba ella subida con sus amigas en el juego de las tazas. Yo contemplaba desde abajo, desde una distancia segura, entonces él me vió y se acercó a mi. Hablamos brevemente pero noté como aparentemente le gustaba tener pequeños contactos físicos. Entonces me enredó en la muñeca su collar de piedritas azules y negras. Noté que ella miraba preocupada desde el juego de las tazas, increiblemente impotente de nada, atrapada en el juego mecánico mientras yo coqueteaba con su novio. Cuando pudo bajarse corría a donde estábamos nosotros, para jalarlo del brazo mientras él estiraba el otro para no soltarme de la mano. Adios adios, pero sentí que ese día, esa noche precisa mientras miraba el collar que me había regalado, que había sido el momento de la decisión. Si me gustas y puedo desafiar lo estipulado solo porque quiero estar contigo.
En la fiesta de Navidad nos declarábamos el triste amor que había llegado tan tarde, y sentía que era como la protagonista de una de estas tragedias griegas cuando en realidad simplemente eras un hombre muy triste que tomaba todo lo que estaba a su alcance.
Creo que esa misma semana, que ella se fue de vacaciones a Acapulco, yo tomé el coche a escondidas y fui a verte, fue la primera vez que te atreviste a darme un beso y me visitaste toda esa semana, hasta que finalmente ella regresó.
Habíamos acordado ponerle punto final porque tú querías estar con ella, pero inconforme seguías llendo a mi casa y llamando compulsivamente en horarios ridículos. Hubo alguna vez que incluso lloraste en mi puerta o pasabas horas esperando que yo saliera, a mi no me gustaba que me vieras de espaldas.
Cansada y triste, unos meses después me di cuenta que no debía quererte porque no eras un hombre bueno, y en el jardín de mi casa rompi tu collar y esparcí las cuentas por el pasto, según yo era una especie de exorcismo que me dejaría libre de todo.
Eres de las pocas cosas que me arrepiento en la vida, contigo aprendí de mi misma que no me gusta traicionar a la gente, aprendí que no se trata de un asunto de moralidad social sino de bienestar propio. No odié lo que dijo la gente de mi sino lo que pensaba de mi misma.
Tres años después te seguías intentando meter a mi email a ver mis cosas, nunca supe exactamente qué era eso que tú querías de mi.

cuento número treintaiseis

Mi prima siempre fue una especie de gurú de la moda, sensacional y asertiva. Yo que no tenía ningún talento para ese tipo de cosas la miraba anonadada, extaciada de tener el privilegio de solo poder mirarla elegir, como si fuese ella el sol que irradiaba calurosos rayos que a mi me hacían terriblemente feliz.
El día de mi cumpleaños número once, me acompañó junto con todas mis tías a Galerías Coyoacán para todos poder ajuarearme. Me gustaba que en ese entonces mi cuerpo de mujer recientemente comenzaba a manifestarse, entonces era ese momento en el que se logra la sutilmente ambigua convinación entre los ángulos infantiles y las redondeces femeninas, me encantaba mi cuerpo y con orgullo sentía que todo lo que le colgase se veía bien. Por esas fechas, según la gurú estaban de moda las falditas cortas con estampados escoceces. Me armó un pequeño conjunto con una faldita de cuadritos rojos y azules, una camiseta azúl marino y unas botas a lo "todo terreno" de piel. Me sentía la conquistadora del universo lista y montada.
Este era mi conjunto poderoso y lo usaba cada vez que podía, así que curiosamente coincidió en un día que fui a comer a casa de Susy, su casa era linda porque su papá tocaba el piano y su mamá cocinaba cosas buenas, pero en caso de que no lo fueran tanto no me obligaba a comerlas como la mayoría de las mamás.
Después de la comida salimos a buscar a su vecino que también iba a nuestra clase. A mi me había gustado su vecino desde primero de primaria porque tenía una cara curiosa, era muy pequeño y delgado, pero había un borde alargado y extrañamente exótico en las comisuras externas de sus ojos, además de que tenía la nariz más perfectamente angulosa que hubiera yo visto hasta entonces, además de que era bueno en deportes y a mi en ese entonces eso me impactaba mucho.
El vecino salió con nosotras y nos prestó impermeables porque iba a haber tormenta, sacó su cometa y salimos al terreno abandonado junto a su casa para ponerlo a volar. Conseguimos tenerlo suspendido en el aire más o menos diez minutos, diez minutos perfectos en los que pensaba que tener una relación debería ser lo más parecido a eso, con las mariposas en el estómago, él había tomado mi mano no se con qué pretexto. Yo sentía que amar a alguien debía de ser como compartir tus juegos, como salir a volar una cometa un día de tormenta.